Esperanzas del maíz

Desde muy temprano llovía tímidamente. Conforme ascendíamos por la sierra, la lluvia aumentó de intensidad. Entre la neblina apenas alcanzaba a distinguir pequeños fragmentos de milpa aferrados a laderas imposibles. ¿Cómo es que alguien puede sembrar ahí?

Recordé, entonces, aquella ocasión en que resbalé tratando de seguir el paso a un campesino mazateco que me mostraba su maíz. En aquel tiempo era más joven. A él solo le dio risa.

Días antes había revisado más de 880 diagnósticos de línea base de productores de maíz nativo par el componente El Maíz Es La Raíz de Alimentación para el Bienestar.

Carlos Barragán con Esperanza Dominga Hernández Pérez

Buscaba algo difícil de medir: Comprender por qué algunas familias habían implementado prácticas que hoy llamaríamos agroecológicas.

Mi voz interior me decía: “Carlos, ¿cómo vas a querer comparar peras con manzanas?”.

No recuerdo exactamente quién o cuándo me lo dijeron, pero es de esas cosas que por alguna razón se quedan en ti.

Me detuve unos minutos a contemplar la inmensidad de la sierra, la combinación de las montañas, la neblina y el río. Me relajaban. Me gusta estar al lado del camino.

Cuando la lluvia arreció, nos alejamos de la parcela para refugiarnos en una pequeña choza. El golpeteo de las gotas en la lámina ayudó a relajar la charla. Don Simón García Alavez comenzó a contarme que, desde hace años -muchos- en San Isidro Aloapan, se hacen retenes de piedra en las laderas para detener el suelo, lo comenzaron mis abuelos me dijo. Estaba fascinado. Las herramientas de diagnóstico funcionaban, nos iban a permitir comparar peras con peras y manzanas con manzanas.

Después tuve un encuentro por primera vez con Esperanza Dominga Hernández Pérez, aunque no me pareció la primera vez. Era como si ya la conociera. Indígena zapoteca, 60 años, hablaba despacio, como quien no tiene prisa por convencer a nadie. Mientras conversábamos, sus manos no permanecían quietas. Acomodaba sus cultivos para mostrarme toda la diversidad que había cultivado.

Mi compañera Evelia nos presentó, le di mi nombre y le expliqué que habíamos recorrido cientos de historias de productores de maíz nativo y que la suya había llamado nuestra atención. Quería entender qué había permitido conservar aquellas prácticas que hoy llamamos agroecológicas.

Santa Ana Yareni, un bonito y pequeño pueblo, ubica sus viviendas en la parte alta de unas montañas llenas de bosque, las casas son rodeadas por tierras de cultivo: tienen retenes de piedra algunos abandonados, otros en mantenimiento y pocos en construcción. Decía, Esperanza: “Los retenes de piedra los iniciaron los abuelos”. Bueno, ella no dijo ‘retenes’. Hay otra palabra en zapoteco para ello, pero no la conozco.

Visitamos una parcela en una ladera de más 45 grados, tenía retenes ya llenos de tierra, después me dijeron que para que la tierra alcance el nivel del retén se requieren al menos 10 años. La parcela contrastaba con la carretera de terracería: toda lavada por la lluvia, con cárcavas y piedras al descubierto. “Si no hubiera hecho los retenes, así estuviera nuestro suelo”, decía Esperanza. Entonces comprendí que Don Simón tenía razón. Los retenes no eran una innovación reciente. Eran la memoria de los abuelos convertida en piedra.

Doña Esperanza, tiene un hijo en Estados Unidos, conocedor de las aficiones de su mamá. Le mandó semillas de un híbrido de girasol que cultiva en su jardín y en su parcela. Apenas pasas por enfrente de su casa y sabes que le gustan las flores.

Su casa está en el centro, al lado de uno de los caminos principales, a la vista de todo el que transite. A un costado de su casa tiene una pequeña parcela con un retén donde tenía sembrados los siguientes cultivos: maíz, frijol, calabaza, girasol, chícharo y haba; y dos surcos vacíos en el medio donde iba a sembrar cempasúchil para el día de muertos. En la euforia, le conté que también sembraba, que tal vez algún día podíamos intercambiar semilla.

Mientras estábamos en su casa, su vecina Irma Chávez Ruiz se asomó, y preguntó en zapoteco algo así como: “¿Qué andamos haciendo?” Esperanza respondió en zapoteco y, después, me dijo: “Mi vecina lo va a llevar a su parcela. Su esposo el señor Apolinar Lorenzo Chávez Cruz. Él está haciendo un retén de piedra.”

Caminamos poco menos de un kilómetro cuesta abajo sobre el camino erosionado.  Al llegar a la parcela, ahí estaba su esposo solo, preparando manualmente una parcela de aproximadamente 2500 metros cuadrados. En la cuaresma había comenzado a hacer una franja de retenes de piedra de unos 150 metros de largo por 1.2 m de alto y 50 cm de ancho. Me dijo con nostalgia, que la mayoría de la gente ya no quiere trabajar el campo, ya no se encuentra gente para trabajar, que no quería darse por vencido y él sólo continuaba trabajando su tierra.

Irma Chávez Ruiz

Doña Irma me contó que en esa parcela iban a sembrar un maíz amarillo que le regaló la Virgen de Juquila. Fue hace seis años.  Decía: “Fuimos al santuario de la Virgen. ¿Si ha visto?… En el altar donde la gente deja velas, flores o lo que quiera que le bendigan. Ahí había dos mazorquitas de un maíz amarillo. Un amarillo intenso, parecían mangos. Me gustaron mucho. Le pedí permiso a la Virgen de llevármelas. Me dijo que sí. Eran mazorcas pequeñas. Sabía que no había ambición en mí, sólo me gustó mucho su color. Apolinar se enojó: ‘¡Deja eso ahí!’, me dijo. ‘¡No le robes a la virgen!’ y, yo, Ella ya me dio permiso. Me las traje, las sembramos. Viera usted qué ricos elotes, dulces, muy dulces y la mazorca es grande. No tengo mazorca ahorita, pero si viene en diciembre se las enseño. Y como el maíz me lo regaló la Virgen, todos los años cosechamos y cualquier persona que me pide semilla se la doy. No es mi semilla, es de la Virgen”.

Me despedí: “Espero volver pronto”. No lo dije como un compromiso social, sino como un deseo.

Durante el camino de regreso entendí que había venido buscando una revolución y encontré una resistencia.

No hubo un punto de quiebre.

Nadie les enseñó a ser agroecológicos.

No cambiaron de sistema.

Simple

mente continuaron haciendo lo que durante generaciones había permitido que la tierra siguiera siendo tierra, que el maíz siguiera siendo maíz y que las semillas siguieran perteneciendo a la comunidad.

Entonces recordé aquella pregunta:

—Carlos, ¿cómo vas a querer comparar peras con manzanas?

Tal vez ese había sido mi error desde el principio.

 

Por Carlos Barragán García

Especialista del programa El Maíz Es La Raíz

 

 

 

 

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