Los generales también lloran

Por. David M M

 

Querido lector,

En los días posteriores al 22 de febrero hemos visto —y seguimos viendo— todo tipo de análisis sobre la operación militar que derivó en el abatimiento de uno de los criminales mas buscados. Se han hecho balances estratégicos, evaluaciones tácticas, lecturas políticas y proyecciones internacionales. El evento ya pasó; ahora vienen las interpretaciones. Es natural. Así funciona la conversación pública.

Pero en medio de ese océano de diagnósticos, hay algo que casi nadie está abordando: la dimensión humana y existencial de quienes estuvieron ahí… y no regresaron.

Los soldados que murieron ese día no eran números en un parte informativo.

 

Eran hijos, padres, esposos, hermanos. Eran personas que eligieron una profesión donde el riesgo no es una metáfora, es una posibilidad concreta. Y aquí vale traer una idea sencilla del filósofo Martin Heidegger: vivir auténticamente significa asumir que la vida es finita y, aun así, decidir con responsabilidad el camino que se quiere recorrer.

Dicho en palabras simples: saber que se puede morir y, aun así, elegir servir.

No es romanticismo. No es discurso oficial. Es una realidad dura. Quien viste un uniforme y sale a una operación de alto riesgo sabe que puede no volver. Esa conciencia transforma el deber en algo más profundo que una orden: lo convierte en una elección asumida.

Muchos han analizado también el discurso del general secretario. Se ha querido leer ese momento desde la óptica política o comunicacional. Pero quienes entienden lo que significa el mando saben que no fue discurso vacío o político: fue impotencia. Impotencia de perder hombres bajo su responsabilidad. Impotencia de representar a una institución que también sufre cada baja. Porque sí, los generales también lloran. Y cuando lo hacen, no es estrategia; es dolor.

Habrá quienes continúen debatiendo si la operación fue correcta, si el costo fue alto o si la estrategia debe ajustarse. Es un debate válido y necesario. Pero si reducimos todo a cifras y movimientos tácticos, olvidamos algo esencial: detrás de cada uniforme hay una decisión personal, una conciencia que aceptó el riesgo como parte del compromiso.

En una época donde muchas veces el sentido se diluye entre la incertidumbre y el cálculo, hay hombres y mujeres que eligen un camino donde el propósito es claro, aunque el precio sea elevado. Esa coherencia entre lo que se cree y lo que se hace es una forma de vida auténtica.

Hoy, más allá del análisis estratégico o político, corresponde también detenernos y reconocer esa dimensión humana.

Que su memoria no quede atrapada únicamente en el debate técnico, sino también en el reconocimiento de la decisión consciente y el compromiso que asumieron hasta el final.

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