Defensas Rurales: cuando la seguridad también nacía del pueblo

La opinión de David M. M.

 

Durante décadas, en muchas comunidades rurales de México la seguridad no llegaba en patrullas nuevas ni en convoyes vistosos. Llegaba a pie, a caballo, con sombrero, botas gastadas y un conocimiento profundo del monte, de los caminos y de la gente. Eran los Cuerpos de Defensas Rurales, una figura poco conocida en las ciudades, pero profundamente arraigada en el México del campo.

Las Defensas Rurales nacieron en un país marcado por la Revolución, el bandolerismo y la ausencia del Estado en amplias zonas rurales. Su lógica era simple y poderosa: nadie cuida mejor una comunidad que quien vive en ella. Por eso sus integrantes eran ejidatarios, campesinos, hombres del lugar que, sin dejar su vida civil, asumían una responsabilidad colectiva: vigilar, alertar, apoyar al Ejército y mantener el orden básico.
No eran soldados profesionales. Tampoco policías tradicionales. Eran un puente entre el Estado y la comunidad. Su fuerza no estaba solo en las armas —limitadas y reguladas— sino en la confianza social y en el conocimiento del territorio. Sabían quién era quién, qué movimiento era normal y cuál no, qué camino llevaba al rancho y cuál al escondite.

Durante muchos años cumplieron una función silenciosa pero efectiva: disuadir delitos menores, apoyar en desastres naturales, servir como primeros respondientes cuando no había nadie más. En lugares donde una patrulla podía tardar horas o días en llegar, ellos ya estaban ahí.
El país cambió. La violencia se transformó, el crimen se organizó y la seguridad pública se volvió un asunto cada vez más centralizado. En ese proceso, las Defensas Rurales comenzaron a verse como una figura del pasado: poco comprendida, poco visible y, para algunos, incómoda dentro de un modelo que apuesta por grandes instituciones nacionales.

Hoy, con su entrada en receso o desaparición operativa en varias regiones, el mensaje parece claro: la seguridad se piensa desde arriba hacia abajo, no desde lo local hacia lo nacional. La Guardia Nacional ocupa ahora el espacio formal, con mayor capacidad y un marco legal más amplio.

Pero aquí surge una pregunta incómoda: ¿la presencia institucional es lo mismo que la presencia social?
Porque una cosa es desplegar fuerzas y otra muy distinta es entender el tejido comunitario. Las Defensas Rurales, con todas sus limitaciones, eran parte de ese tejido. No llegaban: ya estaban. No patrullaban territorios ajenos: cuidaban su propia casa.

No se trata de idealizarlas. Como toda institución humana, tuvieron errores y claroscuros. Pero su desaparición deja un vacío que no siempre se llena con uniformes nuevos o estructuras más grandes. La seguridad no es solo fuerza; es legitimidad, cercanía y confianza.

Y este, 22 de enero, vale la pena recordarlo con claridad.

Este día se festejaba a las Defensas Rurales, a esos hombres que, sin reflectores ni aplausos, decidieron servir a su comunidad.

Desde una posición personal, quiero felicitar y reconocer a todos los hombres que forman y formaron parte de estos cuerpos, especialmente a aquellos con quienes he tenido la oportunidad de convivir, escuchar y estar muy de cerca. Hombres sencillos, firmes, con un profundo sentido del deber y del honor, que entendieron la seguridad no como un empleo, sino como un compromiso.

Porque hay algo que ellos siempre han sabido y que hoy conviene recordar:
el uniforme no se cuelga; el uniforme siempre se lleva, aunque ya no se use, aunque ya no haya formación, aunque los tiempos cambien.

Y con eso en mente, queda una interrogante que merece reflexión profunda:
¿Puede existir una seguridad duradera en el campo mexicano sin la participación activa, digna y reconocida de las propias comunidades que lo habitan?

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